¿PORQUE YA NO HAY BUENOS MAESTROS?

Una experiencia de vida | Una realidad actual

"Como los cactus que florecen en medio de condiciones extremas, calor y sequía; así los docentes brillan sumergidos en grandes dunas de papeles sin sentido duplicados y triplicados de información que de nada sirven, porque nada cambia."  

Al abordar este tema, es inevitable no recordar mis primeros años de educación primaria, porque, fue ahí cuando tuve mi primera oportunidad de conocer el trabajo que realizan los docentes, y como alumno fue mi primer contacto con el sistema educativo mexicano. 

Fue en el ciclo escolar 1981-1982 cuando me inscribieron en la escuela primaria "Constitución de 1917" en Tacámbaro Michoacán, mi maestra de primer grado fue la Mtra. Eulalia Alcaraz, una mujer carismática, de mirada fuerte, clara y directa en su forma de hablar y de hablarnos, era para nosotros una persona llena de virtud y conocimiento, que nos llevaría de la mano al océano de las letras y los números, y eso nos llenaba de emoción.

Sentaditos en los antiguos mesabancos, escuchábamos atentamente las explicaciones, la plática sobre algún tema en particular, y después entrabamos de lleno al aprendizaje y repaso de las letras, las sílabas y las palabras, nada era monótono, todo nos parecía impresionante, nuevo. El ambiente dentro del aula se sentía fresco, tranquilo, podría asegurar que disfrutábamos mucho estar ahí. La maestra estaba concentrada en lo que hacía, parecía que nada la perturbaba.

De vez en cuando el Director de la escuela entraba al salón para saludarnos, dedicarnos algunas palabras y saludar también a la maestra, Ramiro León, ese era su nombre, alto con presencia fuerte, pero no proyectaba intimidación sino más bien seguridad. Nunca nos dimos cuenta o nunca sucedió, que el maestro Ramiro le llamará la atención a la maestra, tampoco vimos a la maestra andar a las carreras para llenar tal o cuál documento que el director le pidiera, aplicar de improviso alguna evaluación, en nuestros ojos de niños todo era diáfano, placentero y alegre. Disfrutamos de muy buenos maestros.

Entonces, ¿Se acabaron los buenos maestros? Esta es una pregunta que encierra varias dicotomías, aunque parezca imposible, se ha dividido tanto y en tantas posturas la respuesta, que se tendría que determinar cuál postura es la más preponderante (negativa o positiva), sin embargo, en mi experiencia como alumno y actualmente como docente, estoy seguro que muchos de mis lectores estarán de acuerdo conmigo en los argumentos.

Y es que ¡claro que si hay muchos buenos maestros y maestras! están ahí, siempre han estado, generación tras generación, siguen bregando por formar y dar conocimiento a los niños y las niñas de los diferentes rincones del país, que no se han rendido ante los retos que surgen día a día, que han forjado yelmos con los pedazos de un sistema educativo ineficiente, caduco y reduccionista, para llevar la luz del conocimiento, para enfrentar a una sociedad que los desprecia, que se ríe y hace burla de su "vocación", que los persigue para someterlos y obligarlos a dar gracias por tener "trabajo".

Los buenos maestros están debajo de campañas de desprestigio, de medios de comunicación que difaman por las decisiones que toman las autoridades educativas, situados en medio de luchas de poderes fácticos que unas veces los atacan y otras también, sometidos a trabajos administrativos extenuantes que nada le aportan al mejoramiento de la practica docente o al proceso de enseñanza aprendizaje. Engañados con la promesa de mejorar la calidad de vida, con promociones falsas que no tienen el respaldo financiero. Si ahí están los maestros, símbolo eterno de la lucha contra la ignorancia y el abuso de poder.

Los buenos maestros no necesitan una reforma al currículo, necesitan una reforma que les proporcione mejores condiciones de vida, respeto a su labor, a su vida, a sus derechos, que la escuela deje de ser un campo de batalla donde hay que defenderse diariamente de las autoridades que solo sirven para atacarlos en vez de convertirse en parte fundamental del éxito de cada centro escolar.

La postura es clara, extinguir el poder que corrompe al educador con funciones de director, supervisor, un poder innecesario que violenta, agrede, burocratiza, divide, con la única finalidad de someter a los docentes, un poder que no crea sino destruye.

Yo quiero para mis hijos y para las futuras generaciones, buenos y excelentes maestros, que los formen bien para ser hombres y mujeres de bien.




 

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